miércoles, 14 de diciembre de 2016

#37. Dulce vendaval



Llegaste vestida solo con la noche, para tocar mi alma,
fuiste enredadera para cubrir todo mi cuerpo
y la lluvia de relentes besos que quitaron mi sed.
  
me inundé en tus eternidades,
en la monotonía de tu belleza,
en el dulzor de tu inercia,
en el fulgor que desprendía tu naciente humedad.
  
Así caíste sobre mí, como versos enamorados,
con la tibia tinta de tus labios, desatando mis anhelos:
aquellos retraídos,
prisioneros,
exiliados,
moribundos de un antiguo amor.

Aquella noche, juntos, cedimos el paso a la quietud
y al silencio sembrado
por el dulce vendaval.


(Guillermo Soto García)


miércoles, 7 de diciembre de 2016

#36. Sala de espera


Aquí, el aire pesa más que el hierro,
cada sonrisa es un oasis que pronto se seca,
los minutos levitan lentamente como fantasmas olvidados
y solo el sueño, aminora las quejas.

Luego de varias horas en este hospital,
largas filas siguen decorando las salas,
con los mismos rostros opacos,
los mismos cuerpos desanimados,
las mismas espaldas encorvadas,
cada cual arrastrando
sus propios,
invisibles
y pesados tormentos.

De pronto y cada cierto tiempo, surge lo inesperado:
Por pálidos segundos todo parece iluminarse,
pues, entre el tumulto,
en la eufemística estancia,
casi fuera de lugar,
alguien,
tibiamente sonríe.


(Guillermo Soto García)

viernes, 25 de noviembre de 2016

#35 Segundo destello




Baje a la playa de Isla Negra, acariciando la casa del poeta, en un día de plomizo rostro, con un viento enérgico y fastidioso, enemigo de las personas, dejándola desierta de pisadas, sin un alma rondando, ni sembrando charlas serenas.

El fuerte viento me empujaba sin reparos, mi espalda sufría sus embates, gélidos, molestos, insistentes. Solo por breves segundos se tomaba una pausa, dejando que el humo de los cigarros se apoderara del ambiente, ahogando mis expectativas y el encanto de aquel lugar. ¿De dónde venía ese humo?
cuando estaba por descubrirlo, el viento volvía a sus quehaceres continuando con su molesto golpeteo en mi espalda, acelerando mis pasos.

Las sorpresas llegaron pronto, un poco más allá, definitivamente ella, ¡sí!, ella, brillante como en el primer destello, con su aroma a lejanía y sus ojos esquivos,
¡verla otra vez!, ¡oh querida fortuna!, ¡oh amado porvenir!, fui testigo trepidante, a la espera de ese segundo, donde pasaría junto a mí.
Ella caminaba contra el fuerte viento, su mano como visera que protegía sus ojos me hizo invisible otra vez, nuevamente se marchaba, entonces entre un arrebato subí a una roca, aprovechando que el viento apoyaba mi cobardía llevándose mis palabras en dirección contraria a ella, a viva voz y sin quitarle la vista, como un nostálgico bardo, empecé a recitar:

Para usted han sido todos los ojos
y los míos de subrepticio aventurero,
estos de muda vigilancia,
estos de invisible escudero.

Estela va dejando junto a los deseos,
para usted han sido todos los murmullos,
mientras mi voz se sepulta desde la distancia
esculpiendo en mi garganta un nuevo nudo.

Y es tan cierta como la magia,
tan fantástica como un abrazo,
a veces tan cercana, que trepidan mis palabras,
a veces tan lejana, que mis versos caen a pedazos.

Apenas terminaba de recitar, en ese momento, ella se dio la vuelta, atónito, casi petrificado me di cuenta que el viento había hecho una de sus pausas,
¿lo había escuchado todo?,
ella llevando una de sus manos a la altura de su mejilla, mirándome con su rostro iluminadamente sorprendido, hizo el ademán de dar un primer paso en mi dirección, (al igual que el viento, el tiempo se había detenido) el momento me pareció mágico, de esos oníricamente deseados.(Hasta que continuaron las sorpresas)  Detrás de las rocas, que servían de toscos paravientos para un grupo de jóvenes, espontáneamente surgieron aplausos, gritos y el redundante humo. Instantáneamente ella marchó, veloz, al mismo tiempo que regresaba el silbador viento. Me vi inmóvil, atolondrado, sorprendido sobre la roca, que de hemiciclo se tornó rápidamente en un cadalso para mi rostro encendido, bajé, bajé de un salto mínimamente pulcro, aprovechando el empuje del viento, me perdí tan rápido como ella, sin mirar atrás, abandonando las extensas risas, los ambiguos aplausos y el esparcido e innecesario humo.

(Guillermo Soto García)

sábado, 15 de octubre de 2016

#34. Aparición (Primer destello)


Amaba la monotonía de mis paseos, con mi libreta y lápiz como compañeros, imaginando historias, trazando nuevos caminos, respirando soledades y poetizando atardeceres.

Uno de esos días, cuando el sol ya perdía sus fuerzas, aprovechando un necesario parón de refrescantes minutos, los murmullos llegaron a mí de varios lados, algo inquietaba a los que se preparaban para ver la puesta de sol, esos diminutos grupos de jóvenes, apiñados, enfiestados, creando círculos esporádicos sobre la extensa playa, dirigían sus miradas, hacia el norte del recién atónito balneario.

 Así fue, pareció que todo se detenía, que el sol había cambiado de lugar, que venía hacia nosotros, con pasos sutiles, casi fantasiosos y poderosamente imantados. Era ella, un sorpresivo fulgor, un inédito encanto, una inefable dicha.

Los piropos envalentonados parecían no tocarla, al acercarse su delicadeza los desplomaba sin un ápice de esperanza, entonces, ella apuró sus pasos, dejando sus huellas y aroma a un costado de mi invisible presencia.
Como todos los demás la vi alejarse, mientras la distancia crecía, fundiéndose con el paisaje que con su ausencia parecía dejarnos sin luz.
Pasaron varios minutos, su aroma se había esfumado pero su imagen seguía en mí. Retomé mi habitual respiración y de un soplido repentinamente avasallador, nacieron los primeros versos que en silencio le regale:

¿Qué puedo entregarle a tu corazón
que no haya recibido de uno ya olvidado?

¿Qué palabras puedo entregarle a tus ojos
que no hayan visto en otra oración,
que no se hayan detenido en un poema
o hayan escrito recordando alguna otra mirada?

¿Qué puedo decirle a tus labios?
para seducirlos y desnudarlos con una sonrisa,
para que me disparen o acaricien con una palabra,
o que mejor aún…
que tu boca, ábrase a mi boca.


(Guillermo Soto García)