lunes, 10 de julio de 2017

Sala de espera (Microrrelato)

Esta noche, en este hospital, el aire pesa más que el hierro, cada rictus es un oasis que pronto se seca, los minutos levitan lentamente como fantasmas olvidados y solo el sueño aminora las quejas; De pronto y cada cierto tiempo surge lo inesperado: Por pálidos segundos todo parece iluminarse, pues entre el tumulto, en la eufemística estancia, casi fuera de lugar, alguien tibiamente sonríe.

Guillermo Soto García

jueves, 8 de junio de 2017

La tortuga que eligió ser feliz (Cuento infantil)

Sucedió allá, cerca de las montañas, por senderos que solo algunos han conocido.
Si alguien con un corazón alegre pasaba por ahí, todo el paisaje se hacía hermoso, crecían flores y el sol brillaba iluminando todo, en cambio, si alguien con tristeza caminaba por aquel sendero, el paisaje perdía sus colores, el frío se acercaba y el sol se escondía. Justamente por ese lugar, supe de dos tortugas: una feliz y la otra gruñona.
Habían pasado dos días desde la última lluvia, la tortuga feliz esquivaba los charcos con entusiasmo, la tortuga gruñona lo hacía lamentándose. Como iba una por cada lado del sendero, a un costado de la tortuga gruñona continuaba el pasto húmedo y algo embarrado, mientras a un lado de la tortuga feliz crecían pequeñas flores de colores.
En un momento, llegaron a un punto del camino, donde no quedaba otra opción que pasar por el barro, como era de esperar, la tortuga gruñona hizo un gran berrinche y su pesimismo la hizo ver todo más difícil de lo que era. En cambio, la tortuga feliz, con su optimismo se convenció de que podía pasar, aunque no fuera una tarea fácil.
Ambas, cada una por su lado, empezaron a cruzar al mismo tiempo, al poco avanzar se dieron cuenta de que estaba más profundo de lo que pensaban, el pesimismo de la gruñona era un obstáculo más para ella, en lugar de avanzar se enterraba en el barro que poco a poco no la dejaba ver que la solución estaba a su lado, ya sin fuerzas su caparazón cada vez se mimetizaba más y más con el oscuro lodo. La tortuga feliz, aunque estaba en el barro, no abandonó su optimismo, por eso no dejo de levantar la vista, sus sueños seguían vivos, entonces, empezaron a crecer flores a su lado, al verlas se agarró fuertemente a ellas para poder salir, con mucho esfuerzo, sin pensar en rendirse, estaba por lograrlo cuando apareció una niña, que la tomó y al dejarla en un lugar seguro continuó su camino.
La niña solo vio a la optimista, la que continuó luchando, la que mantuvo la vista en alto, la que decidió no hundirse en el oscuro barro.
La tortuga feliz no quedó tranquila, buscando a su amiga apenas pudo distinguirla entre el barro para poder darle ayuda, como no podía alcanzarla le dijo que levantara la vista, aunque le costo bastante, la tortuga gruñona pudo ver que a su lado estaba el pasto húmedo al cual podía aferrarse. No le resultó fácil, pero mientras avanzaba, con el apoyo de su amiga, iba naciendo en su rostro una leve sonrisa. Tímidamente comenzaron a crecer flores a su lado que poco a poco se hicieron bellas y mas coloridas. Finalmente la tortuga gruñona logro salir y con un gran abrazo le dio las gracias a la tortuga feliz. Se dio cuenta que su actitud la pudo haber dejado cada vez mas enterrada en el barro, decidió cambiar, desde ese día eligió ver el mundo con su hermosura, desde ese día, eligió ser una tortuga feliz. 


(Guillermo Soto García) 

jueves, 27 de abril de 2017

Sueño de paz


Poema realizado para la fundación niños de luz

(Para que lo recite tu niño interior)

Marchemos con pistolas que lancen agua
con globos en lugar de escudos
con sonrisas en señal de ataque
con abrazos derrumbando muros.

Lancemos de los aviones poesía
con misiles hechos de versos.
Sembremos desde el cielo alegrías
con poemas de locura inmersos.

En perfecta formación de sonrisas
declaremos la amistad sincera
para que sientan en el rostro la brisa
aquellos niños, que la paz esperan. 

(Guillermo Soto García)

martes, 28 de marzo de 2017

Adara (Un afortunado accidente)



Aquella era una mujer de cara triste, sin un atisbo de sonrisa, amoldada por una frialdad que mantenía a distancia cualquier intento de amabilidad, todo a raíz de haberse enamorado más de alguna vez, con ese infortunio de haber dado siempre con el espécimen equivocado. Por eso los días malos se habían hecho habituales para ella y no se lamentó cuando en pleno boulevard, el tirante de su cartera se cortó provocando el afortunado e incruento accidente, que con raudales de colores y formas adornó la grisácea vereda. El asombro no tocó los fríos semblantes de quienes obedeciendo la inercia caminaban a su lado. Así sin acidia aparente, no le quedo más que recoger sus cosas y guardarlas nuevamente en su vetusta y aporreada cartera. En el impensado trajín, no se dio cuenta de que el travieso viento le había robado un pequeño papel, que suavemente fue a dar al otro lado de la calle, como si fuera un pétalo entregado al vaivén del destino.
Ahí, en el céntrico café donde fue a reposar el pequeño papel, estaba Andrés, que segundos antes del incidente de la mujer estaba sumido en un viejo libro de una conocida novela, buscaba una manera de salir de una entrampada sequía de inspiración literaria. Tomó el papel y dándose cuenta que era una fotografía la admiró detenidamente, a pesar de que aparecía retratada una alegre adolescente, no tardó en darse cuenta que era la misma mujer, tal vez varios años atrás, con un rostro radiante y una hermosa sonrisa. En el reverso con desteñida tinta azul, una fecha ilegible y un nombre apenas claro: Adara.
Andrés se levantó de la silla para devolver la fotografía, pero ella ya no estaba. No se le hizo extraño, ya que todos los días desde el mismo lugar la veía pasar velozmente, como muchos otros con sus rostros rígidos, casi petrificados, con sus trajes uniformadamente opacos, como hormigas en dirección de sus opresivos trabajos. El joven amante de las letras lentamente guardó la fotografía entre las hojas de su libro, confiado en que la encontraría más adelante.
En la mañana siguiente, ese día viernes, Andrés sentado en el mismo lugar, del mismo café, esperaba a que apareciera la mujer de gris semblante, aunque prefería imaginarla con el colorido de la pequeña fotografía que aún dormitaba en las entrañas del añoso libro. Mientras permanecía atento al desfile matutino de apagados trajes y maletines de frías oficinas, agudizaba los oídos para escuchar los consejos del poeta loco, así era conocido un personaje de barba frondosa y desgarbado traje, que parado en la esquina pregonaba sobre un cajón de madera, versos y metáforas que pudieran cambiar en algo la vida de quienes le lanzaban una moneda, en el horadado sombrero que yacía a sus pies:

                                              “Al amparo de tus lluvias, sonríe.
No hay tan abrumador viento
que pueda dominarte,
en algún momento todo pasará.
Sonríe, que así me gusta imaginarte”.

De pronto, sorpresivamente, antes que el poeta loco terminara de recitar, apareció Adara con su prisa habitual. Con ligereza Andrés atravesó la calle, se acercó y plantándose frente a ella lanzó un risueño hola, solo recibió una desconfiada mirada seguido de una actitud defensiva que lo esquivo para seguir su camino. Andrés la siguió apurando el paso, la llamo por su nombre, ella frunciendo el ceño detiene levemente su marcha para girar y fijar sus ojos en Andrés, le dice que no lo conoce, el levantando la mano le muestra la fotografía y le dice:

-Retratada así le haces honor a tu nombre-
-¿Mi nombre? -
-Sí, quiere decir belleza-

Un leve rictus se asoma en ella, que rápidamente se transforma en gesto de asombro al ver que la fotografía le pertenece, Andrés le explica que lo perdió el día anterior y el desdén empezó a difuminarse poco a poco, como poco a poco caía en la cuenta del significado de su nombre, Andrés dejó en sus manos la pequeña fotografía acordando que retratada se veía hermosa y radiante,

-Eres de esas mariposas que jamás necesito ser oruga- Dijo serenamente Andrés-

Adara sin proferir ni la más mínima sílaba, se da la vuelta, sonríe levemente, continúa su camino mientras su rostro se va iluminando con cada paso que da, en ese momento el poeta loco pregona:

“Regresa, diluye aquel vuelo, aún hay huellas que debemos dibujar”

Adara escucha, parece ir dirigida justamente a ella y a la situación que ha vivido recién, sigue caminando mientras su sonrisa va creciendo aún más y el color se reconcilia con sus mejillas, definitivamente ella desaparece entre el tumulto y su inercia descontrolada.


Pasó el fin de semana y el lunes, en el mismo lugar, rebosante de los mismos trajes grises, el chiflado poeta preparaba el cajón que lo soportaría junto a sus pregones, ubicando su sombrero con un par de monedas dentro para la buena suerte. Cruzando la calle Andrés pedía un café como todas las mañanas, esta vez aprestándose para escribir en un inmaculado cuaderno. Las personas empezaban a formar el espeso río de oscuros tonos e incesante barullo de pasos, que ha no ser por algo extraordinario, no interrumpía su cauce. En medio de todo esto se escuchó la primera moneda que cayó en el sombrero, dando las gracias el poeta se dio cuenta de que era Adara, quien por primera vez pedía una de sus frases, risueño la vio con su vestido que combinaba perfectamente con el cielo y sus recién descubiertos ojos. Adara inició su habitual trayecto mientras el poeta salía de su asombro, hacía un guiño a Andrés y lanzaba al aire su primera frase del día:

“Cuando despierta una flor, todo cambia”.

Desde el otro lado, Andrés la miraba petrificado, casi embobado, ahora estaba seguro de que era la misma de la fotografía. Ella lo mira asintiendo con la cabeza, le lanza un tímido hola
y dulcemente le sonríe.


(Guillermo Soto García)

sábado, 4 de febrero de 2017

#38. Mi abuelo Bertín



Las voces vestían diletantes al poderoso fulgor de sus pasos, los toscos semblantes se rendían como vías sobre durmientes quejumbrosos, con justa razón, más de alguna vez, alguien lo comparó con un tren.

Supe de sus años, en que las salitreras lucían imponentes en medio del desierto, con oficinas conectadas por delebles y a veces tímidas huellas; resaltando valiente, luchador, enérgico, obrero, desafiante del sol y sus inapelables embates.

No vi ceder sus brazos ante turbulentas ráfagas que pretendían derribarlo, no lo vi envejecer, no lo vi caer, no lo vi deshilachar, ni menos desbarrancar una sutil y medrosa lágrima. Lo vi correr en evidente desventaja, para después ganar.
  
Dicen que forjo bandadas de amigos,
prístinos senderos para imitar,
círculos irrompibles de almas alegres
y la riqueza inherente del cosmos familiar.

Las voces vestían diletantes…al poderoso fulgor de sus pasos…


(Guillermo Soto García)

miércoles, 14 de diciembre de 2016

#37. Dulce vendaval



Llegaste vestida solo con la noche, para tocar mi alma,
fuiste enredadera para cubrir todo mi cuerpo
y la lluvia de relentes besos que quitaron mi sed.
  
me inundé en tus eternidades,
en la monotonía de tu belleza,
en el dulzor de tu inercia,
en el fulgor que desprendía tu naciente humedad.
  
Así caíste sobre mí, como versos enamorados,
con la tibia tinta de tus labios, desatando mis anhelos:
aquellos retraídos,
prisioneros,
exiliados,
moribundos de un antiguo amor.

Aquella noche, juntos, cedimos el paso a la quietud
y al silencio sembrado
por el dulce vendaval.


(Guillermo Soto García)