miércoles, 14 de diciembre de 2016

#37. Dulce vendaval



Llegaste vestida solo con la noche, para tocar mi alma,
fuiste enredadera para cubrir todo mi cuerpo
y la lluvia de relentes besos que quitaron mi sed.
  
me inundé en tus eternidades,
en la monotonía de tu belleza,
en el dulzor de tu inercia,
en el fulgor que desprendía tu naciente humedad.
  
Así caíste sobre mí, como versos enamorados,
con la tibia tinta de tus labios, desatando mis anhelos:
aquellos retraídos,
prisioneros,
exiliados,
moribundos de un antiguo amor.

Aquella noche, juntos, cedimos el paso a la quietud
y al silencio sembrado
por el dulce vendaval.


(Guillermo Soto García)


viernes, 25 de noviembre de 2016

#35 Segundo destello




Baje a la playa de Isla Negra, acariciando la casa del poeta, en un día de plomizo rostro, con un viento enérgico y fastidioso, enemigo de las personas, dejándola desierta de pisadas, sin un alma rondando, ni sembrando charlas serenas.

El fuerte viento me empujaba sin reparos, mi espalda sufría sus embates, gélidos, molestos, insistentes. Solo por breves segundos se tomaba una pausa, dejando que el humo de los cigarros se apoderara del ambiente, ahogando mis expectativas y el encanto de aquel lugar. ¿De dónde venía ese humo?
cuando estaba por descubrirlo, el viento volvía a sus quehaceres continuando con su molesto golpeteo en mi espalda, acelerando mis pasos.

Las sorpresas llegaron pronto, un poco más allá, definitivamente ella, ¡sí!, ella, brillante como en el primer destello, con su aroma a lejanía y sus ojos esquivos,
¡verla otra vez!, ¡oh querida fortuna!, ¡oh amado porvenir!, fui testigo trepidante, a la espera de ese segundo, donde pasaría junto a mí.
Ella caminaba contra el fuerte viento, su mano como visera que protegía sus ojos me hizo invisible otra vez, nuevamente se marchaba, entonces entre un arrebato subí a una roca, aprovechando que el viento apoyaba mi cobardía llevándose mis palabras en dirección contraria a ella, a viva voz y sin quitarle la vista, como un nostálgico bardo, empecé a recitar:

Para usted han sido todos los ojos
y los míos de subrepticio aventurero,
estos de muda vigilancia,
estos de invisible escudero.

Estela va dejando junto a los deseos,
para usted han sido todos los murmullos,
mientras mi voz se sepulta desde la distancia
esculpiendo en mi garganta un nuevo nudo.

Y es tan cierta como la magia,
tan fantástica como un abrazo,
a veces tan cercana, que trepidan mis palabras,
a veces tan lejana, que mis versos caen a pedazos.

Apenas terminaba de recitar, en ese momento, ella se dio la vuelta, atónito, casi petrificado me di cuenta que el viento había hecho una de sus pausas,
¿lo había escuchado todo?,
ella llevando una de sus manos a la altura de su mejilla, mirándome con su rostro iluminadamente sorprendido, hizo el ademán de dar un primer paso en mi dirección, (al igual que el viento, el tiempo se había detenido) el momento me pareció mágico, de esos oníricamente deseados.(Hasta que continuaron las sorpresas)  Detrás de las rocas, que servían de toscos paravientos para un grupo de jóvenes, espontáneamente surgieron aplausos, gritos y el redundante humo. Instantáneamente ella marchó, veloz, al mismo tiempo que regresaba el silbador viento. Me vi inmóvil, atolondrado, sorprendido sobre la roca, que de hemiciclo se tornó rápidamente en un cadalso para mi rostro encendido, bajé, bajé de un salto mínimamente pulcro, aprovechando el empuje del viento, me perdí tan rápido como ella, sin mirar atrás, abandonando las extensas risas, los ambiguos aplausos y el esparcido e innecesario humo.

(Guillermo Soto García)

sábado, 15 de octubre de 2016

#34. Aparición (Primer destello)


Amaba la monotonía de mis paseos, con mi libreta y lápiz como compañeros, imaginando historias, trazando nuevos caminos, respirando soledades y poetizando atardeceres.

Uno de esos días, cuando el sol ya perdía sus fuerzas, aprovechando un necesario parón de refrescantes minutos, los murmullos llegaron a mí de varios lados, algo inquietaba a los que se preparaban para ver la puesta de sol, esos diminutos grupos de jóvenes, apiñados, enfiestados, creando círculos esporádicos sobre la extensa playa, dirigían sus miradas, hacia el norte del recién atónito balneario.

 Así fue, pareció que todo se detenía, que el sol había cambiado de lugar, que venía hacia nosotros, con pasos sutiles, casi fantasiosos y poderosamente imantados. Era ella, un sorpresivo fulgor, un inédito encanto, una inefable dicha.

Los piropos envalentonados parecían no tocarla, al acercarse su delicadeza los desplomaba sin un ápice de esperanza, entonces, ella apuró sus pasos, dejando sus huellas y aroma a un costado de mi invisible presencia.
Como todos los demás la vi alejarse, mientras la distancia crecía, fundiéndose con el paisaje que con su ausencia parecía dejarnos sin luz.
Pasaron varios minutos, su aroma se había esfumado pero su imagen seguía en mí. Retomé mi habitual respiración y de un soplido repentinamente avasallador, nacieron los primeros versos que en silencio le regale:

¿Qué puedo entregarle a tu corazón
que no haya recibido de uno ya olvidado?

¿Qué palabras puedo entregarle a tus ojos
que no hayan visto en otra oración,
que no se hayan detenido en un poema
o hayan escrito recordando alguna otra mirada?

¿Qué puedo decirle a tus labios?
para seducirlos y desnudarlos con una sonrisa,
para que me disparen o acaricien con una palabra,
o que mejor aún…
que tu boca, ábrase a mi boca.


(Guillermo Soto García)

sábado, 10 de septiembre de 2016

#33. Verla feliz


Ella es mi amada, hermosa y preclara, me gusta verla feliz, opacando humores febles, aprendiendo a lidiar con tempestades, sin seguir el curso de las hojas en obtusas ventiscas, cerrando los oídos al rugido de un mar embravecido y alejándose de los manotazos iracundos de las marejadas.

"Verla feliz,
adormece al mar profusamente inquieto,
dejándolo como atildado espejo:
Reflejando su sonrisa."



(Letra y fotografía G. Soto García)

lunes, 29 de agosto de 2016

#32 En la casa del artista

Unos cuantos pasos después del solsticio, el artista decidió partir, tal vez, buscando una nueva musa o reencontrándose con quien innumerables pinceladas, lo inspiró.
Fui a su despedida, ahí, donde fabricaba vuelos, donde detenía el tiempo, donde silentes y brillantes, se refugian sus obras:


Arte respiré en aquella casa, donde
pinceladas creaban cascadas desde los muros,
el sol parecía venir de los rincones
y la inspiración surgía como frutos maduros.

Cuantas historias imaginé deambulando
con mis ojos casi hipnotizados.
Sus estanterías llenas de admiraciones
y sus sublimes poemas retratados.

Sus sonetos, inmóviles, coloreados
entintaron los míos de garmasa.
¡Arte respiré!
respiré, arte en aquella casa.


(Guillermo Soto García)

martes, 16 de agosto de 2016

#31. Lo bueno de la lluvia

Fue una mañana gris, con las nubes ancladas a mi cabeza, herencia de toda una noche que se había llevado la serenidad de mis pupilas. No podía rendirme, aunque quería.

Las nubes se aproximaban aún más, parecían algodones enlutados que venían a mi encuentro, que emborronaban cada destello que podía aparecer en el cielo. De pronto, a medio camino, las gotas de lluvia empezaron a caer, todo atisbo de esperanza se diluía a cada chasquido sobre la hojarasca, sobre los techos, sobre mi atolondrada cabeza. Me detengo, miro hacia arriba intentando no cerrar los ojos, quiero pedir una explicación, pero solo exhalo fuertemente y luego de un envolvente silencio, me pregunto: ¿Dónde está lo bueno de todo esto?

Entonces recuerdo, que la lluvia es de esas cosas hermosas que desde pequeño me da alegría. Caminar bajo ella, correr bajo ella, sentirla, abrazarla y que dulcemente me abrace.
Siento que todo lo renueva, que se lleva mi oscuridad, que regresa mi energía, que vuelve mi dicha y vuelven los destellos que yo mismo había escondido.

(Bajo la lluvia)

Se inmolaron mis zapatos,
por amor a mis zapatillas,
y quedaron como vestigios,
mis calcetas teñidas, amarillas.

Se ahogaron mis pantalones,
sucios de hace días,
lo acepto, más que agua
suplicaban cirugía.

Se estropeó mi chaqueta,
feliz  me abraza ceñida,
este baño le hizo olvidar,
que es vetusta y desteñida.

Este diluvio conquistó mi cabello,
ensañándose con gotas perdidas,
y resbalaron por mis senderos,
hasta mis partes más escondidas.

Se inmolaron mis zapatos,
por amor a mis zapatillas.

(Guillermo Soto García)