miércoles, 27 de julio de 2016

#30. Rozando el mar (Relato poético)

Como una columna de humo, de un pálido incendio, delgada, larga y tambaleante, así aparecía ante mis ojos, la sombra que me antecedía, en esa tarde, en esa nostálgica caminata, sobre la arena, rozando el mar.
Un año exacto conmemoraba nuestra desdicha, solo mirar el horizonte inundaba mi pecho de tribulaciones, de rabia, de desesperación:

¡Heme aquí, de pie,
frente al temido misántropo de un veintisiete,
aquel bodeguero de gritos revueltos,
aquel imbunche de la casa de Dios!.

¡Oh vida!, ahí la perdí, en ese lugar que hoy está distinto, con nostálgico semblante, si hasta ancladas aparecen las pequeñas piedras que rasguñaban mis pasos. Ahí donde festejábamos el amor, donde mis versos se colaban por sus ojos, donde agotado exhalé mis reproches, ahí, donde el mar me la robó.

Continué mi caminata, hacia el sur, rozando el mar. Recogí una varilla que se amoldó a mi mano, que trocó relampagueante en un bastón, hundiéndose en la arena a cada pensativo paso que daba. Una tibia brisa me desconcertó, me hizo mirar hacia el norte, quise imaginarla, baje la vista, apoyé el improvisado bastón en la arena húmeda y centelleante empecé a escribir, removiéndola, como en ese momento se removían mis sentimientos:

“Amor, segadora de los mismos destellos,
amor de minutos incontables,
amor que al amor llama,
amor de soledades innombrables”

Lo dejé escrito ahí, como surcos indefensos del agua, que los amenazaba con su leve sonido golpeador, pero pronto las olas emboscaron mis pies,
¿no le basta con robarme el amor, que ahora roba mis versos?
desaté mi furia con el mar, con la vida, con el mismo Dios, tomé una piedra para lanzarla, la envolví con mi mano como para envenenarla, pero otra vez, esa brisa, esa tibia brisa, suave como una caricia en el rostro, de esas que llegan hasta el corazón, entonces solté la piedra truncando el lanzamiento, sonreí levemente y así decidí volver cada tarde, con mi varilla disfrazada de bastón, a escribir mis versos sobre ese áspero lienzo de arena, convencido de que el mar, allá, en algún lugar, finalmente se los entrega:

“Amor de espacios vacíos,
amor del viento y su cantar,
amor escribo tus versos,
aquí, rozando el mar”.


(Guillermo Soto García)

sábado, 23 de julio de 2016

#29. Paseo Nocturno (El barrio de mi niñez)

Camino por esta ciudad moderna
entre sus árboles reciclables,
coloridamente iluminados.
Los árboles que yo conocía
están tan a lo lejos
que parecen espejismos
y sus sombras desteñidos charcos.
Pero logro reconocer
el azul que me enseñaron aquellas noches,
noches como un dosel desplegado
sobre árboles de ramas desnudas,
redondeadas,
alargadas,
girando alegres
bajo las luces vigilantes de aquél entonces.
Logro ver esa misma luna
que se oculta zigzagueando entre las nubes,
dejando serpentinas luminosas
rápidamente borradas, para mi incertidumbre.
Logro encontrar el color de aquellas noches,
sus sombras sublimadas,
estampadas, fantasmales y móviles
como en aquél entonces,
¡como en aquél entonces!,

como en aquél entonces,
lo fue nuestras voces.

          (Guillermo Soto García)

viernes, 8 de julio de 2016

#28. Amo que...

Amo que seamos la sombra del otro
dándole vida a un lago en tu ombligo,
que nazcan vertientes saladas de tu cuello
y que tus piernas sean envolventes como abrigo.

Amo que no te desgasten mis miradas,
que tus labios se deslíen en mi boca,
que el eco de tus besos formen marejadas
acariciándome, como el agua a las rocas.



(Guillermo Soto García)