sábado, 15 de octubre de 2016

#34. Aparición (Primer destello)


Amaba la monotonía de mis paseos, con mi libreta y lápiz como compañeros, imaginando historias, trazando nuevos caminos, respirando soledades y poetizando atardeceres.

Uno de esos días, cuando el sol ya perdía sus fuerzas, aprovechando un necesario parón de refrescantes minutos, los murmullos llegaron a mí de varios lados, algo inquietaba a los que se preparaban para ver la puesta de sol, esos diminutos grupos de jóvenes, apiñados, enfiestados, creando círculos esporádicos sobre la extensa playa, dirigían sus miradas, hacia el norte del recién atónito balneario.

 Así fue, pareció que todo se detenía, que el sol había cambiado de lugar, que venía hacia nosotros, con pasos sutiles, casi fantasiosos y poderosamente imantados. Era ella, un sorpresivo fulgor, un inédito encanto, una inefable dicha.

Los piropos envalentonados parecían no tocarla, al acercarse su delicadeza los desplomaba sin un ápice de esperanza, entonces, ella apuró sus pasos, dejando sus huellas y aroma a un costado de mi invisible presencia.
Como todos los demás la vi alejarse, mientras la distancia crecía, fundiéndose con el paisaje que con su ausencia parecía dejarnos sin luz.
Pasaron varios minutos, su aroma se había esfumado pero su imagen seguía en mí. Retomé mi habitual respiración y de un soplido repentinamente avasallador, nacieron los primeros versos que en silencio le regale:

¿Qué puedo entregarle a tu corazón
que no haya recibido de uno ya olvidado?

¿Qué palabras puedo entregarle a tus ojos
que no hayan visto en otra oración,
que no se hayan detenido en un poema
o hayan escrito recordando alguna otra mirada?

¿Qué puedo decirle a tus labios?
para seducirlos y desnudarlos con una sonrisa,
para que me disparen o acaricien con una palabra,
o que mejor aún…
que tu boca, ábrase a mi boca.


(Guillermo Soto García)