viernes, 25 de noviembre de 2016

#35 Segundo destello




Baje a la playa de Isla Negra, acariciando la casa del poeta, en un día de plomizo rostro, con un viento enérgico y fastidioso, enemigo de las personas, dejándola desierta de pisadas, sin un alma rondando, ni sembrando charlas serenas.

El fuerte viento me empujaba sin reparos, mi espalda sufría sus embates, gélidos, molestos, insistentes. Solo por breves segundos se tomaba una pausa, dejando que el humo de los cigarros se apoderara del ambiente, ahogando mis expectativas y el encanto de aquel lugar. ¿De dónde venía ese humo?
cuando estaba por descubrirlo, el viento volvía a sus quehaceres continuando con su molesto golpeteo en mi espalda, acelerando mis pasos.

Las sorpresas llegaron pronto, un poco más allá, definitivamente ella, ¡sí!, ella, brillante como en el primer destello, con su aroma a lejanía y sus ojos esquivos,
¡verla otra vez!, ¡oh querida fortuna!, ¡oh amado porvenir!, fui testigo trepidante, a la espera de ese segundo, donde pasaría junto a mí.
Ella caminaba contra el fuerte viento, su mano como visera que protegía sus ojos me hizo invisible otra vez, nuevamente se marchaba, entonces entre un arrebato subí a una roca, aprovechando que el viento apoyaba mi cobardía llevándose mis palabras en dirección contraria a ella, a viva voz y sin quitarle la vista, como un nostálgico bardo, empecé a recitar:

Para usted han sido todos los ojos
y los míos de subrepticio aventurero,
estos de muda vigilancia,
estos de invisible escudero.

Estela va dejando junto a los deseos,
para usted han sido todos los murmullos,
mientras mi voz se sepulta desde la distancia
esculpiendo en mi garganta un nuevo nudo.

Y es tan cierta como la magia,
tan fantástica como un abrazo,
a veces tan cercana, que trepidan mis palabras,
a veces tan lejana, que mis versos caen a pedazos.

Apenas terminaba de recitar, en ese momento, ella se dio la vuelta, atónito, casi petrificado me di cuenta que el viento había hecho una de sus pausas,
¿lo había escuchado todo?,
ella llevando una de sus manos a la altura de su mejilla, mirándome con su rostro iluminadamente sorprendido, hizo el ademán de dar un primer paso en mi dirección, (al igual que el viento, el tiempo se había detenido) el momento me pareció mágico, de esos oníricamente deseados.(Hasta que continuaron las sorpresas)  Detrás de las rocas, que servían de toscos paravientos para un grupo de jóvenes, espontáneamente surgieron aplausos, gritos y el redundante humo. Instantáneamente ella marchó, veloz, al mismo tiempo que regresaba el silbador viento. Me vi inmóvil, atolondrado, sorprendido sobre la roca, que de hemiciclo se tornó rápidamente en un cadalso para mi rostro encendido, bajé, bajé de un salto mínimamente pulcro, aprovechando el empuje del viento, me perdí tan rápido como ella, sin mirar atrás, abandonando las extensas risas, los ambiguos aplausos y el esparcido e innecesario humo.

(Guillermo Soto García)